
Pejeverde
La Borrasca Claudia ha puesto en jaque al Archipiélago Canario, y en Lanzarote la preocupación es máxima. Con la Dirección General de Emergencias elevando la situación a multialerta por lluvias, vientos, oleaje y tormentas, la medida más drástica ha sido el cierre total de las aulas.
La Consejería de Educación del Gobierno de Canarias anunció a última hora de este miércoles la suspensión de toda la actividad lectiva presencial en la totalidad de las islas para la jornada de mañana, jueves 13 de noviembre. Esta decisión incluye, por supuesto, a Lanzarote y La Graciosa, buscando evitar cualquier riesgo derivado de los desplazamientos bajo la intensidad de los fenómenos meteorológicos previstos.
Los centros educativos permanecerán completamente cerrados, sin asistencia de equipos directivos ni personal, mientras que la enseñanza intentará adaptarse a la modalidad telemática. En los hogares de Lanzarote donde la conexión o las circunstancias lo impidan, la actividad quedará totalmente interrumpida.
Si bien la alerta es generalizada, la capital de la isla, Arrecife, vive estas horas con especial intensidad. Su alcalde, Yonathan de León, presidió una reunión urgente del Plan de Emergencias Municipal (PEMU), activo desde ayer, para coordinar la respuesta local. La Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) ha fijado el nivel naranja de riesgo a partir de la medianoche de hoy, con especial atención a los chubascos fuertes que se esperan durante la mañana del jueves.
Una de las primeras medidas municipales adoptadas fue la firma del decreto de suspensión de todas las actividades al aire libre en instalaciones municipales, una medida preventiva que se mantendrá vigente hasta que la temida borrasca Claudia abandone el horizonte insular.
El nerviosismo en Arrecife tiene una base histórica y orográfica bien conocida por sus vecinos. La capital, por su ubicación a nivel del mar, se convierte en la desembocadura natural de los barrancos que descienden desde las laderas de Montaña Mina, Maneje y Zonzomas. Estas escorrentías son las causantes habituales de las inundaciones en el centro urbano.
Anticipándose a este punto crítico, la Concejalía de Obras Públicas ha estado trabajando intensamente estos días, con operarios y maquinaria municipal, en las labores de encauzamiento de los barrancos al norte de Argana Alta. Un esfuerzo preventivo para minimizar los riesgos tipificados en las zonas sensibles del PEMU.
El Gobierno de Canarias, además, mantiene la prealerta por fenómenos costeros en todo el litoral, añadiendo el riesgo del oleaje a las complicaciones por viento y lluvia. La ciudadanía en Lanzarote está llamada a la máxima prudencia, siguiendo exclusivamente las indicaciones difundidas a través de los canales oficiales.

Pejeverde

Foto.Elpejeverde.com hoy. Valladolid. Goyo González y el cocinero de Lanzarote Antonio Rodríguez en la final
S.Calleja
La Cúpula del Milenio ruge como un pequeño estadio. En las gradas, llenas, alguien grita “¡Lanzarote!”. Abajo, sobre el estrado rojo, el cronómetro marca cero. Los jueces se llevan a la boca un cilindro crujiente que huele a costa, a horno y a salina. Y justo entonces, mientras en silencio se decide el futuro de un lanzaroteño, el periodista Goyo González se le acerca al oído:
—Querido Antonio, ¿has terminado ya o todavía no?
Antonio Rodríguez Medina, cocinero del Hotel Costa Calero, sonríe, pero no pierde de vista la mesa de cata. Está en el epicentro del XXI Concurso Nacional de Pinchos y Tapas “Ciudad de Valladolid” y del IX Campeonato Mundial de Tapas, donde 62 chefs —46 del territorio nacional y 16 de los cinco continentes— se disputan en tres días el trono mundial de la tapa.
Hoy le ha tocado a él representar a Lanzarote.

—Nada, hemos hecho algo que se ha comido en mi tierra toda la vida, que son sardina y gofio —le resume Antonio a Goyo, con el micrófono delante y los focos encima.
Su tapa no es un artificio barroco, sino una biografía en miniatura: un canelón crujiente de gofio con sardina oreada. Ha salado ligeramente las sardinas, las ha oreado con un ventilador que él mismo ha bautizado como “el viento alisio” portátil y las ha llevado a la textura exacta que recordaba de los tiempos en que los barcos llegaban a la isla y en casa se montaba la “sar” de sardinas.
El canelón lleva gofio de millo ligado con mantequilla “para hacerlo cremosito”, un punto de jengibre, orégano y queso de cabra rallado. Esa mezcla va a un tubo de canelón y termina de definirse en el horno.
—He jugado con mis sabores, con los recuerdos de antaño —dice Antonio—. Gofio para desayunar, casi gofio para merendar. Y sardina cada vez que venían los barcos.
Sobre el plato, una sardina oreada con sal de Janubio; dentro, una salsita de tomate de Tinajo, cogido el viernes mismo, con cebollino “para darle ese saborcito fuerte”. Todo eso tiene que ocurrir en 25 minutos de reloj, el tiempo reglamentario del concurso: ocho tapas idénticas, siete para el jurado y una para documentación. Cada chef entra en una especie de cadena de montaje gourmet: uno cada cinco minutos, sin red, sin repeticiones.
Aquí no hay segundas oportunidades.

La escena tiene su punto surrealista: un lanzaroteño con chaquetilla blanca, en pleno noviembre vallisoletano, defendiendo que en ese aparato eléctrico ha metido los alisios.
—Me he traído en este aparato el viento alisio, que hace que seque el pescado —explica Antonio, ante el público que sigue cada gesto desde las gradas.
Su tapa no pretende imitar a nadie. No hay espumas imposibles ni trampantojos estridentes. Hay memoria de una isla: desayunos de gofio con leche, postres con queso tierno, licor de plátano y ese lujo humilde de la sardina fresca.
Mientras los jueces mastican en silencio, Goyo aprieta un poco más:
—Bueno, cuéntanos.
Y Antonio vuelve a la raíz:
—He intentado plasmar en el plato lo que se ha comido en mi tierra toda la vida.
En ese momento, Lanzarote no está en el mapa, sino en la boca de ocho personas sentadas detrás de una mesa.

Durante tres días, la ciudad se convierte en capital de la “cocina en miniatura”, con un doble campeonato que reúne a algunos de los mejores cocineros de España y del planeta, citados en la Cúpula del Milenio, un recinto que cada noviembre se transforma en graderío gourmet.
El formato es milimétrico:
En el concurso nacional, 46 cocineros de todas las comunidades autónomas.
En el mundial, 16 chefs de los cinco continentes.
En ambos casos, la mecánica es implacable: se puntúa sabor, técnica, concepto, presentación, viabilidad y relato del plato. Los finalistas se anunciarán tras evaluar las tres jornadas, y el miércoles por la tarde se entregarán los premios, en una ceremonia que coronará al Campeón de España y al Campeón del Mundo de tapas.
Antonio lo sabe. En la entrevista que ayer manteníamos con él en Valladolid ya lo tenía claro:
—Tenemos que esperar hasta el miércoles. Ellos valorarán todas las elaboraciones, todas las tapas, y ya después tomarán las decisiones.
Hasta entonces, toca esperar… y respirar.
Ayer, todavía sin el peso del cronómetro, Antonio repasaba la agenda casi como un parte de guerra:
—Esta tarde, a partir de las cinco y media, empieza la primera sesión de tapa; la otra sería, si mal no recuerdo, a las siete y media. Mañana habrán tres y ya por la noche sabrán más o menos cuáles son las finalistas. Y el miércoles, a las 19.30, la entrega de premios.

En esa charla previa, el cocinero lanzaroteño desgranó su estrategia: traer a Valladolid un pedazo de Lanzarote entero metido en un bocado. No sólo los ingredientes —gofio de millo, queso de cabra, sal de Janubio, tomate de Tinajo—, sino hasta el propio viento, embotellado en forma de ventilador.
Y, por si fuera poco, la logística: los consejos de los “zagales” del restaurante Los Zagales, veteranos de la competición, que le insistieron desde primera hora:
—Desde las nueve me estaban diciendo: “Bueno, llévate esto preparado o por lo menos medio preparado, para que allí no te falle nada y lo tengas adelantadito”.
El concurso no es sólo talento; es también oficio y previsión.
Cuando uno rasca un poco, el canelón de gofio con sardina oreada deja de ser una receta y se convierte en un resumen de biografía.
Antonio nació en Lanzarote pero se crio entre Famara, la Villa y la Caleta. Recuerda los inviernos de viento fuerte, aquellos recados de su madre:
—Me mandaba a la tiendita de Otilia. Tenía que ir de espaldas por el viento, por la arena que corría en ese tiempo.
Su primera ilusión fue otra:
—Mi ilusión era ser médico —confiesa—. Pero el instituto fue regular… el primer año regular, el segundo año no tan regular.
La vida lo desvió hacia la cocina por el camino clásico: Pastelán, la pastelería de salida a Teguise; luego la panificadora, después el hotel TGC Playa como ayudante de pastelería y cinco años en el Acatife, donde empezó a cocinar “de verdad”.
Hoy, ya asentado como uno de los pilares del Hotel Costa Calero, habla de su casa profesional con un respeto que no suena a eslogan:
—No voy a decir que es el mejor para que nadie se sienta mal, pero creo que estamos entre los primeros.
Del mostrador de Pastelán a la tarima de la Cúpula del Milenio hay muchos madrugones de horno de por medio.https://youtu.be/1ik24A3zFds
En el fondo, la tapa que hoy ha presentado en Valladolid no va de sorprender al jurado, sino de algo más serio: demostrar que una isla pequeña, con productos humildes, puede competir de tú a tú en el mayor escaparate de tapas del país.
La sal de Janubio contra las sales exóticas.
El tomate de Tinajo frente a los cultivos de revista.
El gofio de millo como masa crujiente en un escenario donde abundan las masas ultratécnicas.
Lanzarote, condensada en 25 minutos, ocho bocados y un ventilador.
La responsabilidad pesa. Lo sabe él y lo saben en las gradas, donde el público ha seguido cada gesto con esa mezcla de curiosidad y simpatía que despierta un cocinero que empieza diciendo “he hecho lo que se ha comido toda la vida en mi tierra”.
El jurado, mientras tanto, toma notas.
El resultado no se sabrá hasta el miércoles. Hasta entonces, Antonio Rodríguez Medina seguirá siendo el hombre que llevó el viento alisio a Valladolid y plantó un canelón de gofio en el corazón de la capital de la tapa.
Lo demás —los silencios, los gestos de los jueces, la conversación en directo con Goyo González justo en el momento en que se llevaban la tapa a la boca.

Pejeverde
Masdache amaneció con una torre de 25 metros clavada en medio del paisaje y, desde entonces, el pueblo no mira al cielo igual. La antena de telefonía móvil, plantada junto a la cancha deportiva, ha encendido a un vecindario que se siente rodeado por el volcán, la ZEPA y ahora también por una infraestructura que no entienden… ni aceptan.
En la tarde de este lunes, el malestar tomó forma organizada. El diputado de Lanzarote y La Graciosa y presidente insular de Nueva Canarias–Bloque Canarista (NC-bc), Yoné Caraballo, y el portavoz de la formación en Tías, Juan de León, se sentaron con representantes del movimiento vecinal de Masdache. No era una visita protocolaria: los vecinos llegaron con una lista clara de agravios y preguntas sin respuesta.
La primera palabra que se repite en la reunión es “incredulidad”. Incredulidad ante un gobierno municipal de PSOE–Podemos que se presenta como defensor del territorio y que, sin embargo, ha permitido la instalación de una torre de telecomunicaciones de 25 metros en pleno núcleo del pueblo, en un enclave de alto valor paisajístico y ambiental, dentro de una Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) integrada en la Red Natura 2000.
Para los vecinos, la imagen es un resumen perfecto de la contradicción: una estructura metálica dominando el horizonte de un pueblo agrícola, rodeado de viñedos y malpaís, bajo la etiqueta de “progreso tecnológico”. Para ellos, el progreso debería tener otra forma.
Caraballo escucha, toma notas y anuncia su siguiente paso:
solicitará copia del expediente completo de la antena para llevar el caso a la Comisión de Transición Ecológica del Parlamento de Canarias. La intención es doble: exigir información detallada sobre el impacto ambiental y reclamar al Gobierno de Canarias que depure responsabilidades y aclare qué informes técnicos han sostenido la autorización.
La jugada traslada el conflicto de la cancha de Masdache a la mesa del Parlamento, pero el origen del problema sigue estando a pie de calle: un pueblo que siente que se ha decidido sobre su paisaje y su salud sin contar con él.
Desde NC-bc recuerdan unas declaraciones recientes del alcalde de Tías: en Puerto del Carmen y otros núcleos del municipio, la conexión a internet es estable; en zonas rurales como Masdache, Conil o La Asomada, no. Según el propio alcalde, la instalación responde al plan estatal de extensión de cobertura 4G y 5G derivado de la Ley General de Telecomunicaciones de 2022, que obliga a garantizar cobertura en todo el territorio.
La versión oficial dice “obligación legal y cobertura para todos”.
Los vecinos escuchan “pretexto para llenar los pueblos de torres”.
Desde la formación canarista insisten en que ese argumento no puede justificar “llenar los pueblos de torretas”, cuando existen alternativas tecnológicas menos invasivas, con menor impacto visual y más compatibles con la protección del territorio. La cuestión no es si debe haber cobertura, sino cómo y dónde.
El detalle que más indigna al pueblo lo verbaliza Juan de León:
la antena se ha colocado junto a la cancha deportiva, espacio de uso vecinal y, sobre todo, infantil y juvenil. El cruce es explosivo: salud, percepción del riesgo, calidad de vida y sensación de imposición.
Familias, niños y jóvenes usan a diario ese espacio. Aunque la evidencia científica sobre los efectos de estas infraestructuras siempre se discute en términos técnicos, el impacto social es inmediato: nadie quiere que la antena esté justo donde sus hijos juegan al fútbol o montan en bicicleta.
El resultado es un clima de desconfianza hacia el Ayuntamiento y hacia la empresa responsable, que se mezcla con la sensación de que el paisaje y el patrimonio natural son negociables si la coartada viene envuelta en el lenguaje de la “transformación digital”.
El mensaje vecinal, que Caraballo y De León recogen para trasladar a las instituciones, es nítido y en tres líneas:
Paralización inmediata del proyecto.
Retirada de la infraestructura ya instalada.
Apertura de un expediente informativo que aclare cómo se ha autorizado una intervención de este tipo en un espacio de altísimo valor natural y patrimonial.
Nueva Canarias–Bloque Canarista se compromete a acompañar al pueblo “en todas las instituciones” para que, por una vez, el discurso de la defensa del territorio no se quede en el eslogan. Masdache, mientras tanto, mira cada día esa torre que ha cambiado su horizonte y se pregunta quién decidió que la conectividad pasaba por ahí.

Foto. Elpejeverde.com. El Alcalde de Valladolid en el balcón del ayuntamiento vallisoletano con la delegación de Lanzarote esta mañana
S.Calleja
El salón de actos del Ayuntamiento de Valladolid olía esta mañana a vino de Lanzarote, a queso y a mar. A isla. Frente a la vieja fachada neorrenacentista de la Plaza Mayor, la Casa Consistorial abrió sus puertas a una delegación de empresarios, bodegueros y productores de Lanzarote, recibidos por el alcalde de Valladolid, Jesús Julio Carnero, y la concejala de Turismo, Eventos y Marca Ciudad, Blanca Jiménez Cuadrillero.
La representación lanzaroteña estaba encabezada por Nori Machín, consejera de Promoción Económica del Cabildo de Lanzarote, que ejerció de hilo conductor entre dos territorios que se conocen más de lo que parece: muchos vallisoletanos huyen del frío extremo del invierno hacia el alisio templado; muchos lanzaroteños miran con atención la cultura de la tapa y el peso gastronómico de Valladolid.

En el salón de actos, Carnero recibió “con cariño” a la expedición isleña. No fue un saludo de trámite. Valladolid vive de sus barras, de sus bares y de su prestigio en torno a la tapa, y sabe reconocer cuando delante hay producto serio. El alcalde definió a los lanzaroteños como “grandes ya no solo por su gastronomía y vinos, sino por su conjunto”, una frase que sonó a algo más que cortesía protocolaria.

Para Carnero, dijo ante los asistentes, es un orgullo recibir a una delegación de una isla “que muchos vallisoletanos visitan en invierno, cuando aquí el clima se vuelve extremo, buscando la calidez de Lanzarote, no solo la del tiempo, también la de su gente”. La escena tuvo algo de intercambio silencioso: ustedes nos acogen cuando nos helamos; hoy les abrimos la casa consistorial.
La delegación entregó al alcalde una bolsa con productos de la isla: sal de las Salinas de Janubio, vermú, quesos y otros elaborados. Una pequeña cesta-resumen de lo que Lanzarote quiere proyectar fuera de sus fronteras: calidad, origen reconocible y relato propio.

La concejala de Turismo, Blanca Jiménez, introdujo un matiz menos solemne y muy concreto: la conectividad. Lamentó que Ryanair haya suprimido los vuelos directos entre Lanzarote y Valladolid, una ruta que facilitaba el flujo natural entre ambas orillas. Ahora es Binter la que mantiene la conexión, pero los precios, reconoció, son en muchas ocasiones muy elevados, lo que limita el potencial turístico y económico del vínculo.

La paradoja es clara: dos destinos que se miran con simpatía, con intereses cruzados en turismo y gastronomía, pero atados a una oferta aérea insuficiente o poco competitiva. En el salón, el producto viajaba sin trabas; en el aire, las cosas no están tan fáciles.
El viaje de esta delegación lanzaroteña coincide con el Concurso Nacional de Tapas de Valladolid, donde participan tres cocineros canarios, uno de ellos de Lanzarote. El grupo que acompaña a Nori Machín es una pequeña radiografía del sector primario y gastronómico isleño.

Uno de los miembros del grupo lo enumera casi de carrerilla:
“Está Eduardo Ferrer, que lleva toda la parte de gestión de eventos . Tenemos un bodeguero que es Víctor, de Vulcano. Está Carlos, de Flor de Luz, que vino también en la presentación de Aqual y es vicepresidente, además de tener su quesería. Luego está Chesco, que también se encarga de gestión de eventos. Tenemos restauración Marcos del Risco, un compañero con restaurante en Puerto del Carmen, Fefo con sus mermeladas, Philip de Bernardo, Salinas de Janubio, la pastelera Adelia… y más restauradores, incluso de La Graciosa”.

La lista dibuja algo importante: casi toda la cadena del producto y la restauración de la isla tiene representación en Valladolid. Y detrás hay una idea:
“En realidad lo que se quiere es proyectar la posibilidad de que se haga una fiesta de la tapa, primero insular y luego incluso autonómica, de Canarias”, explica. Sobre la mesa se maneja ya un horizonte temporal: 2026. “Ellos son los que saben si tienen las perras o no”, remata, con realismo económico.

El modelo está claro: si en Valladolid la tapa es bandera, ¿por qué no articular en Lanzarote –y en el resto de Canarias– un gran evento que una restauración, productores y turismo, con el producto local como centro?
El viaje incluye, además del acto institucional, una especie de “cine tour”: visitas a bodegas, recorridos a pie, catas y explicaciones técnicas. “Hicimos hasta catas de uva. Yo nunca había hecho una cata de uva”, cuenta uno de los queseros. No se trataba solo de probar vino, sino de entender si la uva está en su momento ideal, cómo se trabaja el viñedo, qué hay antes de la botella.

La experiencia les recuerda otro viaje con el Cabildo, en 2018, a Bilbao, donde ya vieron cómo el restaurador se convierte en narrador: el famoso storytelling. Que te cuenten de dónde viene el producto, quién lo pesca, quién lo ordeña, quién lo recoge, por qué ese plato tiene sentido en ese territorio.
El modelo que observan estos días en Castilla y León va en esa línea: unir restauración, productores y sector turístico. Vendimias abiertas al visitante, pequeños grupos que participan en el proceso, experiencias en sidrerías o bodegas. “Al final se trata de buscar otra entrada más para el productor”, resumen. Menos discurso abstracto y más puertas abiertas.
El detalle del queso al alcalde y la foto de grupo en el histórico Ayuntamiento pueden parecer pura liturgia institucional. Pero para muchos de los que han venido desde Lanzarote tiene un valor añadido: les permite verse y hablar entre ellos fuera de la carrera diaria. “Algo que no solemos apreciar de estos viajes es que aprovechamos y nos vemos con restauradores, con productores, y hacemos sinergia; a veces en el día a día de Lanzarote no nos da tiempo”, admite uno de los presentes.

En la Plaza Mayor de Valladolid, bajo la torre del reloj de la Casa Consistorial, hoy se cruzan dos tradiciones muy serias con la comida: la de la tapa castellana y la del producto atlántico. La política, por una vez, ha puesto el marco sin estorbar demasiado: un alcalde que se implica, una concejala que habla sin rodeos de vuelos y precios, una consejera insular que empuja para que en 2026 la palabra “tapa” suene en Canarias con la misma seriedad institucional que suena en la meseta.
Lo demás dependerá de tres cosas muy poco poéticas: presupuesto, voluntad política y conexiones aéreas. Mientras tanto, el queso, la sal, el vermú y el vino ya han hecho su trabajo: recordar, en pleno corazón de Castilla, que en una isla pequeña se está cocinando algo que aspira a ser grande “no solo por su gastronomía y vinos, sino por su conjunto”.
Página 108 de 166