¿Repetirían la conga? El sarcástico aniversario del día en que el PSOE de Lanzarote se casó con la sombra de Zapatero

Foto. Psoe Lanzarote 2024. Arrecife
S.Calleja
Esta foto de portada se hizo hoy hace dos años. Mírenla bien. Deténganse en el brillo de las retinas y en esa dentadura de Dolores Corujo que parece anunciar, no solo la paz mundial, sino el fin de todos los males del socialismo insular. Es enero de 2024 y en la sede del PSOE de Arrecife no se respira aire, se respira incienso ideológico de alta pureza. En el centro del encuadre, la secretaria general suelta una carcajada de esas que suenan a presupuesto aprobado por unanimidad pero no precisamente en El Congreso. A su lado, el tótem, el gurú, el vecino más ilustre de los Noruegos de Famara: José Luis Rodríguez Zapatero. Él sonríe con esa beatitud suya, tan de quien acaba de levitar sobre el Charco de Los Clicos, mientras una militancia entregada se rompe las manos a aplaudir, convencida de que ese carné de Militante Honorario es algo así como una indulgencia plenaria que les protegerá de cualquier tormenta.
Qué envidia da la inocencia, ¿verdad? O qué miedo da la ceguera programada.

Hoy, en este enero de 2026, la foto ha envejecido peor que un cartón de leche al sol de un solar de las Rapaduras. Aquella estampa de felicidad absoluta se nos ha quedado con cara de resaca histórica. Porque mientras en Arrecife le ponían la medalla al "vecino que pasea en cholas", en el resto del planeta el personaje ya estaba mutando en algo mucho más denso, oscuro y, sobre todo, incómodo.
¿Se atreverían hoy a repetir la conga? ¿Tendrían los coj… de volver a montar el mismo tablado flamenco, con los mismos aplausos y la misma tarta de celebración, ahora que el "mediador" internacional ha visto cómo su castillo de naipes en Venezuela se desmoronaba entre extradiciones a Nueva York y confesiones que huelen a crudo y a represión?
Es fascinante observar la capacidad del PSOE lanzaroteño para el equilibrismo. Hay que reconocerles una osadía —o una lealtad, vaya usted a saber dónde termina una y empieza la otra— que roza lo heroico. Porque, claro, el argumento oficial para mantener el altar es impecable: Zapatero no ha sido acusado de nada. Ni un fiscal en Washington, ni un juez en Madrid, ni una comisión de investigación en Bruselas ha osado poner una firma bajo una imputación penal contra el expresidente. Su hoja de servicios está, legalmente, más limpia que la arena de Famara después de una marea llena.
Y ahí es donde reside la ironía más sangrienta. En política, a veces, estar "limpio" ante la ley es el último refugio de los que ya no pueden sostener la mirada ante la ética.
¿Es valentía seguir exhibiendo ese carné honorario mientras el mundo escruta los silencios cómplices de su "mediación"? ¿O es simplemente que en la sede de la calle de Arrecife donde está la Casa del Pueblo prefieren no mirar hacia Caracas para no tener que empañar el brillo de aquella foto de 2024? Quizás piensen que, mientras no haya una sentencia judicial, el jarrón chino puede seguir presidiendo la estantería, aunque el jarrón esté lleno de grietas que supuran una geopolítica difícil de explicar en un mitin de barrio.

Resulta enternecedor ver cómo el "activo electoral" que llenaba teatros se ha convertido en una figura de la que se habla bajito, como de ese pariente rico pero excéntrico al que se le tolera todo porque, al fin y al cabo, "es de los nuestros". El PSOE de Lanzarote ha decidido que su Militante Honorario es intocable, quizás porque cuestionarlo a él sería cuestionar el criterio de quienes, hace hoy dos años, reían a mandíbula batiente pensando que el futuro era una foto fija.
Dos años después, la risa de Dolores Corujo sigue ahí, atrapada en los servidores de Facebook o instagram, recordándonos que en política lo más peligroso no es el enemigo, sino el rastro que dejan los homenajes que hoy te inflan el pecho y mañana te obligan a mirar hacia otro lado cuando alguien pregunta por el precio de la lealtad.
La duda que queda flotando en el aire salitroso de la isla es si el PSOE sigue creyendo en el honor de su militante, o si simplemente no saben cómo bajarse de un pedestal que ellos mismos ayudaron a construir antes de que cambiara la marea.