
Foto Salvamento Marítimo archivo
Editorial
Imaginen la escena: una lancha a oscuras en mitad del Atlántico, varios hombres sobre una mujer, y alrededor, sin poder bajarse de la barca, decenas de personas que miran o apartan la vista. Eso es, según reconstruye la propia investigación, lo que pudo vivirse camino de Lanzarote. Presunción de inocencia aparte, hay preguntas que conviene no seguir callando.
Si hacemos memoria, y que alguien nos corrija si nos equivocamos, no recordamos una nota de la Policía Nacional que describiera con esta crudeza una violación cometida a bordo de una patera. Puede que haya pasado antes, más veces de las que sabemos, en travesías que nunca llegaron a denunciarse porque no hubo testigo, o porque el testigo prefirió callar. Esta vez no fue así.
Imaginen lo que pudo ver esa noche el hombre que después decidió declarar. Una neumática sin luz, sin a dónde huir, con el mar como única salida. Una mujer agredida por varios hombres mientras el resto del pasaje —puede que también otras mujeres, puede que menores, no lo sabemos— miraba, apartaba la vista o simplemente no podía hacer nada por ella. Nadie se baja de esa barca. Ese es el escenario, según la propia investigación policial, en el que ocurrieron los hechos que ahora tiene en sus manos un juez de Arrecife.
La Policía Nacional ha detenido en Arrecife a tres hombres de 21, 25 y 30 años como presuntos autores de esa agresión sexual múltiple, cometida contra una mujer durante la travesía de una patera con destino a Lanzarote. Los hechos, según la nota policial, ocurrieron el 16 de septiembre en alta mar, a bordo de una lancha neumática con 82 ocupantes de origen subsahariano que había zarpado de Tan Tan, en el sur de Marruecos. Tres de ellos murieron ahogados durante el propio rescate y uno más fue evacuado en estado crítico. Tras llegar a puerto, la víctima contó a los servicios de salvamento que había sido agredida por varios hombres durante la travesía. La Unidad de Atención a la Familia y Mujer (UFAM), con apoyo de Frontex, localizó a otro ocupante de la misma embarcación que había presenciado la agresión y quiso declarar. Ese testimonio, sumado al relato de la víctima, bastó para detener a los tres hombres, que ya están en prisión provisional por orden judicial.
Que quede dicho con toda claridad: los tres detenidos son, hasta que un juez diga lo contrario, presuntos autores. La presunción de inocencia no es un matiz decorativo, es la base de cualquier Estado de derecho, y aquí se respeta sin excepción. Pero un juez decidirá con lo que hay: una víctima que reconoció los hechos nada más pisar tierra, un testigo que arriesgó su propia situación para declarar, y una investigación que ha visto motivos suficientes para el ingreso en prisión. Eso no es una sentencia. Es, como mínimo, una acusación que se sostiene en algo más que sospechas.
La prensa que ha cubierto el caso añade un dato que la nota policial no recogía: varios ocupantes de esa misma embarcación llegaron a tierra con heridas y marcas de mordiscos que llamaron la atención de los sanitarios en el muelle. La Policía investiga ahora si hubo más episodios de violencia durante la travesía, no solo el que denunció la víctima. Si se confirma, la agresión sexual no habría sido un exceso puntual de tres hombres, sino parte de un ambiente de violencia que se vivió a bordo casi sin control durante horas.
Hace no tanto, una agresión sexual grupal como esta habría llenado portadas, mareas moradas y minutos de telediario durante semanas. Aquí el agresor tiene nombre de víctima del sistema, y eso incomoda. A una parte del discurso público, el de ciertas asociaciones que viven de la subvención y de la narrativa de que quien cruza el Atlántico en patera solo puede ser sujeto de compasión, este caso le rompe el guion. Y por eso algunos prefieren no hablar de él, o hablarlo bajito, con matices que a una víctima española jamás se le exigirían.
Migrar no convierte a nadie automáticamente en héroe ni en villano. En la misma lancha viajaba gente capaz de violar a una compañera de travesía en mitad del Atlántico, y viajaba también un hombre que, pudiendo callar y desaparecer entre la multitud, decidió testificar. Las dos cosas son ciertas a la vez, y ninguna de las dos debería usarse para tapar la otra. Quien calla ante esto por miedo a que le llamen xenófobo hace tanto daño como quien generaliza sin pruebas. La diferencia es que aquí las pruebas, de momento, las tiene un juez, no un tuit.