Lancelot TV

Lancelot TV


Opinión

Septiembre de 2006. La redacción de Lancelot estaba en Puerto del Naos. Éramos un grupo de periodistas, algunos con más experiencia que otros, todos con la misma mezcla de ilusión y vértigo que tiene quien va a hacer algo por primera vez. La televisión que íbamos a montar era nueva. Nosotros, para eso, también éramos nuevos.

No sé muy bien cómo ni cuándo nos mudamos al Gran Hotel, donde siguen hoy los estudios. Lo que sí recuerdo es que todo fue muy rápido. Más rápido de lo que pensábamos. Y que nos reímos mucho. Mucho. Éramos bastante inocentes para lo que se nos venía encima y eso, con el tiempo, resultó ser una ventaja.

Hay algo que debo confesar aquí, y lo hago sin pudor. Cuando empecé en Lancelot TV, quien escribe estas líneas tenía pelo. No mucho, pero tenía. Fue la pantalla la que me lo quitó. Bueno, la pantalla y la honestidad brutal de verse en un monitor de televisión con las clavas que el cerebro lleva años negándose a registrar. Así que gracias, Lancelot TV, también por eso. Me rapé. Y no he vuelto a mirar atrás.

Con Jorge Coll al frente, con Andrés Martinón construyendo la sala de informativos, con José María de Paiz detrás de una cámara, fuimos montando algo que nadie sabía exactamente cómo iba a quedar. Y en eso hay que mencionar a quienes de verdad mantenían aquello en pie. Fran, el ingeniero, que ha sacado adelante situaciones técnicas que no tenían solución y que él igualmente resolvía. Raquel, mi técnica preferida de radio, de quien no diré más porque se lo merece todo y las palabras se quedan cortas. Josefina en realización, que sabía exactamente cuándo cortar y cuándo aguantar el plano aunque el presentador se estuviera hundiendo. Pilar y Carolina en administración, que son las que de verdad saben lo que cuesta mantener un proyecto así en pie, porque lo han llevado en sus manos durante años mientras el resto hacíamos como que entendíamos de números.

Y Jorge. Jorge Coll y sus "cagadas" de nombres en directo, que son ya parte del patrimonio inmaterial de esta televisión. No voy a poner ejemplos porque me los quedo para mí y los sigo disfrutando. Lo que sí diré es que cada vez que ocurría, los que estábamos en plató desarrollamos un lenguaje propio: señas, miradas, ese movimiento casi imperceptible de la cabeza que significaba no te rías, no te rías, no te rías. Y nos reíamos igual.

Porque en ese estudio ha habido de todo. Las risas que no podías contener. Los anuncios de fallecimientos en directo que te helaban la sangre y te obligaban a recomponerte en segundos. Las señas entre contertulios cuando alguien decía algo que te daba una tristeza enorme o una risa incontrolable, a veces las dos cosas a la vez. Los cafés fríos que nadie terminaba. Los bocadillos a deshora que eran la mejor comida del día. Las ansias, con perdón, de salir de una maldita vez de ese estudio porque estabas hasta los cojones del trabajo. Y luego volvías al día siguiente.

Las jornadas de elecciones merecen capítulo aparte. Maratonianas, tensas, con la isla pendiente de cada dato y nosotros pendientes de no equivocarnos. Al final, cuando todo terminaba, nos tomábamos nuestra cervecita. Poca, eso sí. Porque al día siguiente había que volver. Siempre había que volver.

Las visitas ilustres que pasaron por ese estudio darían para otro artículo. Presidentes, ministros, artistas, deportistas, gente del barrio y gente del mundo. Todos por el mismo plató. Todos con el mismo café frío esperándoles.

Hoy mi relación con la casa ha cambiado. Colaboro en la radio con Erika Cerdeña, que es otro gran descubrimiento como compañera y mejor persona. Sigo con Más Cuentos que Calleja. Y de vez en cuando coincido con Javier Betancort, el gerente, gran tipo y con una visión clara de hacia dónde tiene que ir esto, que es hacia adelante y hacia las pantallas donde está la gente. Con Guillermo y los demás redactores crack de la redacción, que son exactamente eso: cracks. Y con los briefings matutinos, que así se escribe más o menos, y que son tan necesarios y tan serios y ante los que yo llego cada mañana con una sonrisa irónica que ellos ya conocen y que no necesita explicación.

Han pasado veinte años. Lancelot TV es hoy la televisión insular con mayor audiencia de Canarias. Eso no es un dato de marketing. Es el resultado de dos décadas de trabajo de mucha gente que ha dado lo mejor en ese estudio y en la calle, cubriendo la isla cuando la isla lo necesitaba.

Hoy, cuando salgo a trabajar fuera con el micrófono de Lancelot en la mano, en Londres, en Berlín, en Dublín, la pregunta que me hacen es siempre la misma: ¿de Lancelot? Y hay en esa pregunta un reconocimiento que va mucho más allá del nombre.

Veinte años. Muchas risas. Algunas lágrimas. Bastante tensión. Alguna frustración. Y un proyecto que hoy tiene más futuro que nunca.

Larga vida a la televisión de Lanzarote. Y a esta en especial.

A seguir, cracks.

Sergio Calleja