Playa Bastián, en Costa Teguise, horas después de la llegada de la patera este miércoles / Foto: Elpejeverde.com

Playa Bastián, en Costa Teguise, horas después de la llegada de la patera este miércoles / Foto: Elpejeverde.com


Opinión. Sergio Calleja

Hace unas horas me llegó esta foto a Madrid. La abrí en el móvil, me quedé un rato mirándola y bajé a enseñársela a unos vecinos con los que había quedado a tomar algo.

El primero la miró tres segundos.

—Coño, qué envidia. Menudo día de mar y playa.

El segundo fue más directo.

—Hostia, qué playa más guapa (expresión muy típica por estos lares de la capital del reino).

Ninguno de los dos vio la barquilla. Está ahí, en el tercio superior derecho, varada en la orilla, verde y negra, con el casco de madera todavía mojado. Tuve que decírselo. "Eso es una patera. Llegó esta mañana a las siete y dieciocho con unas veinte personas dentro."

Entonces la vieron. Y tampoco les sorprendió demasiado.

Es Playa Bastián, en Costa Teguise. Un aviso casual la detectó acercándose a la costa. La Guardia Civil llegó cuando ya estaba varada. A media mañana lo único que quedaba era la madera y una cinta de plástico atada a un palo para que nadie se acercara. Y detrás de la cinta, una toalla azul con cuatro personas tomando el sol, una de ellas leyendo, y un hombre bañándose a treinta metros de espaldas a la barquilla, con el agua por la cintura.

No hay nada que reprocharle a esa gente. Esa es exactamente la cuestión.

Quien busque un escándalo en esta imagen va a perder el tiempo. Lo que hay es una playa un miércoles de septiembre, con la mar buena y la gente haciendo lo que se hace en una playa. Lo que pasa es que hay una barca en la orilla que cruzó el Atlántico con veinte personas dentro, y no consigue que nadie levante la cabeza.

En Lanzarote llevamos así muchos años. Las primeras que tocaron arena salían en los telediarios. Después dejaron de salir. Después dejaron de ser noticia y pasaron a ser un renglón en el parte de la mañana: hora del aviso, municipio, número aproximado de ocupantes. Los que trabajamos en esto escribimos el mismo párrafo desde hace veinte años y solo cambiamos las cifras. Yo también. No escribo esto desde ninguna superioridad.

Pero lo de Madrid es otra cosa y por eso bajé a enseñar la foto. En la isla no miramos porque hemos visto demasiadas. Aquí no miran porque no han visto ninguna. Dos caminos distintos que terminan en el mismo sitio: la indiferencia. Allí la foto es un folleto de agencia de viajes. Allá es miércoles.

Fíjense en una cosa. Cuando lo escribo como noticia digo patera, que es la palabra del parte, la del atestado, la que sirve para contar sin tocar nada. Cuando lo veo con mis ojos me sale barquilla. La misma cosa. Dos palabras. En la primera cabe una cifra. En la segunda caben veinte personas y hay que preguntarse quiénes eran.

Y esa es la factura que pasa la costumbre. Cuando algo deja de sorprender, deja de preguntarse. Veinte personas se convierten en "una veintena", que es una manera educada de no contar a nadie. ¿Cuántos eran exactamente? ¿De dónde salieron y cuándo? ¿Cuántos días llevaban en el agua? ¿A dónde fueron después? ¿Alguien lo sabe? ¿Alguien lo ha preguntado?

Esas preguntas no se dejan de hacer por mala intención. Se dejan de hacer porque ya no parecen preguntas. Parecen decorado.

Lo mismo vale para la gente de la toalla. Están de vacaciones, han pagado por estar ahí y tienen todo el derecho a leer un libro al sol. Puede que llegaran el sábado y que nadie les haya contado que la barquilla varó esa misma mañana y no hace un mes. En la playa no hay nada que se lo cuente, salvo una cinta de plástico que igual podría estar señalando una obra.

Los de la barquilla y los de la toalla comparten algo que no se ve a simple vista. Los dos están haciendo algo perfectamente corriente. Unos han llegado y otros descansan. Ninguno de los dos grupos es el malo de esta foto. No hay malo en esta foto.

Lo único incómodo es lo que no sale en ella, que somos el resto. Los que ya no miramos. Y ahora también mis vecinos de Madrid, que nunca empezaron.

No tengo la solución y desconfío de quien diga que la tiene en un párrafo. Pero sé cuál es mi trabajo, y no es indignarme: es no dejar de contarlo. Que la barquilla de Playa Bastián no se quede en una línea del parte. Que dentro de un mes alguien pueda decir cuántos eran, cómo estaban y dónde acabaron.

Guarden esta foto. Se la regalo, sin derechos de autor, para ustedes. Bajen y enséñensela a su vecino, a ver qué ven. Y me lo cuentan.

¡Hasta pronto, lectores!