
Piluka y Tamia, al amanecer, en la playa de Arrieta — una de sus favoritas del norte de Lanzarote / Foto: S.Calleja
Sergio Calleja | Lanzarote, 12 de agosto de 2026
Aunque suene raro, ha sido Piluka la que me ha pedido que escriba esto. No sé explicarlo mejor , es simplemente así. Los que hemos vivido con perros sabemos que se comunican, que dejan mensajes por ahí para que uno los encuentre cuando toca. Y hoy me toca a mí encontrar el suyo, sentarme, y hacer lo que me pide.
Primero llegó ella
Piluka llegó primero. La recogí en la protectora Sara y se vino a vivir conmigo al norte de Lanzarote. Muchos años solos ella y yo, en la casa, en el risco de Famara , en los caminos de los volcanes del norte e incluso en La Graciosa. Piluka era esa cosa rara que solo saben ser algunos perros: cariñosa sin empalago, guapa sin postureo, y con esa mirada de quien sabe cosas que uno todavía está aprendiendo. Fue mi compañera de tantos silencios que ya ni cuento.
Luego llegó Tamia
Tamia apareció de casualidad, como llegan las cosas buenas cuando uno no las está buscando. Una pastora alemán a la que la vida no le estaba tratando con la dignidad que se merecía, y cuyo dueño me ofreció que la cuidara. Y así fue. Con Tamia me tocó vivir de todo, incluida una historia que en su día contaron los medios de comunicación de la isla: desapareció durante semanas, la búsqueda se hizo pública, y fue precisamente esa presión mediática la que acabó devolviéndomela. Quien quiera buscarla, ahí la encontrará. Yo prefiero recordarla no en la portada de aquellos días sino en la playa de Arrieta, mirando el mar como si el mar fuera un asunto suyo.
King, breve y siempre
Entre medias, ya al final de mi tiempo en Lanzarote, apareció King. Un dogo blanco, joven, con una sonrisa que no le cabía en la cara. Estuvo conmigo pocos meses. Se fue de mala manera, atropellado en la isla, antes siquiera de que pudiéramos preparar el viaje que ya teníamos en la cabeza los cuatro juntos. A King también lo recuerdo hoy, porque los que estamos con los perros sabemos que ninguno sobra en la memoria, ni siquiera el que estuvo poco. Al contrario: los que estuvieron poco dejan un hueco que no lo llena nada porque no llegaron a llenarlo del todo ellos.
Dos perras y un norte
Piluka y Tamia me acompañaron después en infinidad de paseos por el risco, por los caminos de tierra, por las playas del norte. Me acompañaron cuando la vida iba bien y me acompañaron cuando no, que es donde de verdad se mide un compañero. Hubo temporadas difíciles en las que la tristeza tocaba a la puerta y se sentaba dentro de casa, y ellas dos fueron parte del hilo que me sacó fuera. No lo cuento como metáfora. Lo cuento como memoria.
Los temores nocturnos, esos que a todos nos visitan alguna vez ( yo tuve muchos en el norte de Lanzarote), se me hicieron mansos sabiendo que estaban ellas dos ahí. Un perro dormido junto a la cama es la más silenciosa forma de compañía que conozco. Y yo tuve dos.
El traslado a Castroverde
Cuando la vida me llevó a Madrid, ellas se fueron a vivir a Castroverde, en Salamanca, a la finca de la familia de mi mujer. Allí tenían campo, otros perros de la casa con quienes envejecer, y libertad de la de verdad, la que en la ciudad no se puede regalar por mucho amor que uno ponga. Íbamos casi cada fin de semana. No es que las hubiéramos dejado allí: es que las habíamos llevado a un sitio mejor. A veces querer bien es reconocer que uno ya no es el mejor sitio.
Piluka se fue este invierno pasado, ya bien viejita, en la finca, sin sufrir. La enterramos bajo el ciprés y con mucha lluvia , donde le daba el sol de media tarde. Pensé entonces que Tamia iría detrás pronto, porque los perros que han vivido juntos tanto tiempo suelen despedirse con poca diferencia. No me equivoqué del todo.
Adiós, Tamia
Esta mañana muy temprano , casi de madrugada ha muerto Tamia. Han muerto las dos de vejez. No de mal vivir, no de descuido, no de olvido. De la vejez tranquila que solo llega cuando el resto fue como tenía que ser.
Mañana temprano cojo el coche en Madrid y me planto en Castroverde( hoy es imposible ). Tres horitas no son nada para tantas y tantas horas y años de cariño. La enterraremos junto a Piluka, bajo el mismo ciprés, en la misma tierra en la que compartieron sus últimos años en libertad. Las dos que juntas miraron el mar en Arrieta van a descansar juntas bajo el mismo árbol. Me parece justo. Me parece bonito. Me parece la única forma posible de cerrar esto.
Gracias, Piluka, por pedirme que escribiera. Gracias, Tamia, por dejarme despedirte con calma. Y gracias, King, por los pocos meses que fuiste enorme. Un perro no se despide del todo mientras haya alguien que lo recuerde.
Adiós a los tres para siempre.