NUEVO CARTEL EN LA CORONA CERCA DEL CAMPO DE ENTRENO DE PERROS

Nuevo cartel en la Corona recordando que se trata de un paraje natural protegido. Foto Elpejeverde.com


Por Sergio Calleja

Hay un cartel nuevo en La Corona. Y trae sorpresa. Entre los pictogramas de prohibición —no salir del sendero, no tirar basura, no hogueras, no acampar, no drones— aparece uno que merece detenerse a contemplarlo: mascotas con correa. Un perro atado, dibujado con su trazo simpático, encima del malpaís volcánico del norte de Lanzarote.

Lo que el cartel no dice, pero conviene que sepan ustedes, es que ese mismo paraje — en el término municipal de Haría, dentro del Monumento Natural de La Corona— figura desde hace años como uno de los seis campos de entrenamiento de perros de caza oficialmente autorizados por el Cabildo de Lanzarote. Sí. Han leído bien. El propio Cabildo, en sucesivas publicaciones del Boletín Oficial de Canarias, permite cada temporada soltar podencos y perros de muestra a entrenar precisamente en el corazón de un Monumento Natural. Y al mismo tiempo, esa misma institución clava ahora un cartel pidiendo al senderista que no se salga del sendero y que ate a su perro. Hay que leerlo dos veces para asimilarlo.

perro

Aquí la cosa empieza a oler a chiste. Porque la Ley 7/2023 de protección de los derechos y bienestar de los animales excluye expresamente de su ámbito de aplicación a los perros de caza, las rehalas y los animales auxiliares de caza. Lo dice el artículo 1.3 letra e). En cristiano: un podenco de caza o un perro de muestra no es legalmente una mascota. Tiene otra regulación, la cinegética, pero la ley estatal de bienestar animal no le aplica.

Pues miren ustedes otra vez el cartel con esa luz. «Mascotas con correa». Pictograma de perrito atado. El aviso se dirige, en estricto rigor jurídico, al senderista que pasea con su mestizo, al matrimonio con su labrador, al chiquillo que sube con su perra a tomar el aire. A ellos sí. Esos son, según parece, los peligrosos. Los que arrasarán la flora endémica de La Corona con su carlino jadeante.

Perros de caza con correa

Mientras tanto, una jauría de cuatro o cinco perros de caza, legalmente no clasificados como mascotas y oficialmente autorizados por el propio Cabildo a entrenar dentro del Monumento Natural, esa sí puede correr a sus anchas por el malpaís. Esa no aparece dibujada en ningún cartel. ¿De verdad es el perro de compañía paseado por un vecino la principal amenaza para un Monumento Natural? ¿Más depredador del terreno un chucho atado a su humano que media docena de podencos rastreando en círculo, levantando lo que encuentren a su paso? ¿Va en serio o nos estamos riendo todos juntos?

Conviene aclararlo antes de que alguien se ofenda profesionalmente: esto no va contra la caza. La caza en Lanzarote es una actividad legal, regulada y con tradición. La mayoría de los cazadores cumple, paga sus tasas, respeta vedas y se atiene al calendario. Con ellos, nada que objetar. Este artículo no es para ellos. Es para los otros. Los que confunden afición con privilegio. Los que entienden la palabra «autorización» como sinónimo de barra libre. Los que se aparcan en cualquier pista del norte, sueltan la jauría y se comportan como si aquello fuera suyo.

Y aquí viene lo que conviene subrayar con tinta gruesa, porque hoy es 19 de mayo: desde el pasado 10 de mayo está cerrado el periodo de entrenamiento de perros de caza en la isla. Cerrado. Punto. Hasta que el Cabildo publique en el BOC la reapertura de los campos para la fase de verano —fecha que, a día de hoy, ni siquiera se conoce con precisión— ningún cazador tiene cobertura legal para soltar a sus perros a entrenar en ningún campo autorizado de Lanzarote.

perros

Y, sin embargo, durante toda la temporada de entrenamiento que ahora acaba de cerrarse, en el Monumento Natural y su entorno se ha visto de todo. Cazadores entrando fuera de los días habilitados. Entrenando fuera del horario marcado por el BOC. Disparos sueltos cuando a alguno le ha dado la gana, dentro y fuera de fechas. Perros paseados o ejercitados por encima de muros de piedra seca, por bancales agrícolas, por zonas vetadas incluso para los propios campos autorizados. ¿Y qué ha pasado? Lo que pasa siempre. Nada. Silencio administrativo y patada hacia delante.

Porque cualquiera que conozca el norte sabe lo que ocurre cuando un vecino, un senderista o un agricultor se atreve a llamar la atención a uno de estos individuos. Se expone, en el mejor de los casos, a una mala cara y un par de palabras gruesas. Y en el peor, a un problema más serio. Los malos cazadores —subrayo, los malos— no suelen traer buen humor cuando se les corrige. Y el ciudadano que se planta acaba siendo, para sorpresa de nadie, el incómodo. El «verde radical» de turno.

perros de caza en coche

A no ser que aparezcan el Seprona o los vigilantes del Cabildo. En ese momento, sí, al infractor le entra una pequeña diarrea pasajera. Pequeña, eso sí. Porque las advertencias, que es lo que suele caer, no son multas. Multas de verdad, las que duelen en el bolsillo, no llegan casi nunca. Y la sanción que de verdad pondría orden —la retirada de la licencia de caza, idealmente de por vida para quien reincide— sencillamente no se aplica con la firmeza que la situación pide. Por una razón muy concreta: castigar en serio supondría perder votos. Y ya sabemos que, para según qué políticos, perder votos es un castigo mucho peor que perder un Monumento Natural.

El malpaís no se rompe de un día para otro. Se desgasta. Se deshace en silencio, año tras año, mientras los suelos volcánicos se compactan, la flora endémica deja de regenerarse y la avifauna protegida —que para algo se declaró ZEPA buena parte del entorno— se va marchando sin pedir permiso. Eso es lo que viene ocurriendo, desde hace décadas, en el Monumento Natural de La Corona: una degradación lenta, continua y consentida. Un espacio sensible convertido, de facto, en territorio de nadie y de cualquiera. Y, oficialmente, en campo de entrenamiento.

Los primeros que lo saben son los buenos cazadores. Los que cumplen, los que pasan vergüenza viendo cómo una minoría irresponsable ensucia el nombre de todo un colectivo. A ellos también les sobra esta gente.

Llegados a este punto, hay que abrir el debate incómodo. El cartel, siendo necesario, es insuficiente. Y, además, descaradamente contradictorio con lo que el propio Cabildo autoriza en el BOC unas líneas más allá. Lo que toca discutir, en serio, es si el Monumento Natural de La Corona debe seguir albergando un campo oficial de entrenamiento de perros de caza, o si ha llegado el momento de retirar esa autorización y cerrar la zona a cualquier actividad cinegética. Sin medias tintas. Sin parches estacionales.

Y aquí entra la política, que es donde todo se atasca. Porque la verdadera jauría suelta en La Corona no es la que ladra entre piteras. Es la otra. La que se reparte despachos y se cruza saludos cordiales en los pasillos del Cabildo. PSOE, Coalición Canaria y Partido Popular llevan años mirando hacia otro lado por puro cálculo electoral y miedo a perder los votos del lobby cinegético. Tres siglas distintas, un mismo encogimiento de hombros. Ninguna ha movido un dedo para revisar la autorización del campo de entrenamiento dentro del Monumento Natural. Ninguna. Esa es, hoy por hoy, la única jauría suelta en La Corona. La de los políticos acojonados.

Algún partido con personalidad propia, con menos cuentas que rendir y más espalda para aguantar el chaparrón, debería atreverse a poner sobre la mesa lo que el resto evita: sacar el Monumento Natural de la lista de campos autorizados, multar de verdad a quien se salta la norma y retirar licencias a los reincidentes.

Hay lugares que no se recuperan con discursos. Ni con pictogramas. Ni con carteles recién estrenados clavados en mitad de la nada, justo al lado de un campo oficial de entrenamiento de perros de caza. La Corona llegó hace tiempo a ese punto. El malpaís, que de tonto no tiene un pelo, lleva décadas pasándonos la factura en silencio. Pero el malpaís no vota. Y mientras no vote, seguirá perdiendo siempre la misma partida frente a quienes sí lo hacen, escopeta en mano y jauría en la furgoneta.

Mientras tanto, ahí sigue el cartel. Con su perrito dibujado, su correa imaginaria, y un mensaje legalmente dirigido, agárrense, al que pasea su mestizo. El resto, ya saben, está fuera del ámbito de aplicación. Y por lo visto, también fuera del de la decencia institucional.

Esperemos que alguien, por fin, deje de estar acojonado. Y haga lo que toca. Antes de que no quede Corona que salvar.